Leyendo este bosque de ausencias….

Publicado el 19 de mayo del 2015 | 2

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Por Jaime Galgani (Dr. en Literatura PUC)

(Leído en la presentación de «El bosque de los ausentes» de Sebastián Nuñez Torres, en Facultad de Educación, Universidad San Sebastián, Mayo 2015).

Me felicito por estar leyendo este “bosque de ausencias”… y digo “por estar leyendo”, simplemente porque, si bien la práctica lectora de la narrativa se puede conjugar en tiempo pasado o futuro (leeré una novela, leí un cuento), la lírica, cuando significa algo para nosotros, es necesario conjugarla en gerundio. Así, por ejemplo, desde mi infancia estoy leyendo un poema de Parra, “hay un día feliz”… y, si ese poema no pasó por mí, sino que se quedó, es porque produjo una herida mortal, es decir, la herida de la conciencia del tiempo pasajero:

Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice

Que la vida no es más que una quimera;

Una ilusión, un sueño sin orillas,

Una pequeña nube pasajera.

Pues bien, era inevitable, entonces, que después de la salida del paraíso mítico de mi infancia, después de comer la manzana podrida de Parra con el sabor barroco de aquel que dijo “¿qué es la vida, un frenesí… qué es la vida una ilusión, una sombra una ficción, y el mayor bien es pequeño y los sueños sueños son”, era inevitable que me asomara a leer este poemario con ese mismo poético, antiguo, pertinaz y doloroso prejuicio.

Un poema no es lo que “significa”, sino lo que produce.  Viktor Shklovski en su obra El arte como procedimiento, nos enseñó que lo que importa no es el reconocimiento, sino la visión. Y mientras mayor duración tiene la percepción, mejor es el efecto logrado de la nueva obra. Por eso, no han de buscarse en estos poemas, significados algunos… ellos ya los sabemos, pues los ausentes somos nosotros mismos, lo que queda de nosotros como residuo después de que el tiempo termina arrebatándolo todo:

Próspero dice, en la obra La tempestad de Shakespeare:

las torres con sus nubes, los regios palacios,

los templos solemnes, el inmenso mundo
y cuantos lo hereden,

todo se disipará

e, igual que se ha esfumado mi etérea función, no quedará ni polvo.

Somos de la misma sustancia que los sueños,

y nuestra breve vida culmina en un dormir.

Pues bien, ese asunto tan remoto, imperecedero y material sin el cual la poesía no sería necesaria, reaparece en los poemas de Sebastián Nuñez Torres, contenidos en este nuevo volumen: «El bosque de los ausentes» (Puerto de Escape Editorial, 2015):

Un atardecer es eso:

Una luz todavía empeñada

En luchar contra las sombras,

Una mirada perdida en el espacio

Que sólo transitan los sueños,

La silueta de un ave en la lejanía

Buscando en vano los confines del cielo” (Atardecer)

 

Hay una verdad oculta

tras las hojas caídas

que no piensan en la eternidad” (Las hojas)

 

Tú sabes que tras la colina de los sueños

está el camino que conduce

a la verdadera realidad,

que bajo los puentes secretos

del día y de la noche

el tiempo es un pobre mendigo

cuyas manos rebosan de hojas muertas

caídas del árbol de las épocas” (Empatías)

 

Otra vez el cielo desaparece

tras el velo de la lluvia,

y el silencio azul de los espejos

se niega a revelar el secreto de los rostros,

otra vez el recuerdo del hermano muerto

es un fantasma acechando cada sueño,

y la tarde un río cuyas aguas fluyen

hacia el mar oculto de las sombras” (Melancolía)

Celebro estar leyendo este bosque de ausencias. Como toda buena poesía, me sumerge en el único y singular bosque donde vagan los perdidos de todos los tiempos. La misma imagen sugerida por el título remite necesariamente a esa percepción que tenemos cuando volvemos a algún lugar que quedó alguna vez lleno de nuestra presencia. Este verano volví a pasar, después de varios años, unos días en la casa paterna de mi infancia y de mi juventud… No recuerdo haber vivido una experiencia más dolorosamente dulce que esa… durante los primeros días, no podía caminar un paso o girar la mirada sin que aparecieran aquí y allá los infinitos recuerdos. Y era imposible creer que lo que allí había sido vida palpitante, segura, estable, ya no fuera más que un bosque de ausentes… (así lo habría dicho si hubiera conocido este título).

Sin embargo, cuando el hablante menciona a “los ausentes”, sobre todo al decir:

Los que alguna vez

Durmieron a la sombra de los árboles

Y en un sueño recibieron

La promesa de mejores días,

Esos somos: los anónimos de siempre

Rezagados a la orilla del camino. (Himno)

Entonces me detengo a pensar en aquellos que no tenemos nombre, o en los que lo tienen menos que nosotros, los que van a quedar sin nombre… sin trayectoria, sin futuro, sin alamedas que recuerden su peripecia… Y no hablo del hombre masa que se gastó su poco de alma en la ordinaria contienda de un vivir que no tuvo más promesas que el asado de fin de semana. Hablo de los ausentes cuyo grito se estranguló precisamente en el acto de esforzarse por salir… los “rezagados a la orilla del camino”, los silenciosos, las “víctimas del pudridero humano”, esos que no pueden decir yo porque lo otro se ha metido tan al fondo de sus huesos y sus médulas que no pueden deslindar las fronteras de su íntima identidad.

Sebastián Nuñez Torres sabe que la poesía no está de moda. Por eso su ejercicio me parece más honesto, generoso y gratuito… la publicidad nos llena de presencias que alejan de la monotonía maloliente de la muerte. Sebastián, en cambio, nos trae un ramillete de ausencias o de experiencias fugaces que iluminan el esplendor de la única belleza que podemos alcanzar, tan inasible como la luz que sorpresivamente se deja entrever a través de una persiana. Pero también Sebastián debe de saber que uno de los más grandes prosistas en lengua latino-hispano-americana, Gabriel García Márquez ,dijo al recibir su premio Nobel, que, “en cada línea que escribía”, invocaba “los espíritus esquivos de la poesía” y que creía en su “virtudes de adivinación” y “su victoria sobre los sordos poderes de la muerte”. Así pues… Sebastián, poeta joven, sigue hurgando en el secreto de este arte ausente, para que la poesía venza a la muerte.

 

2 respuestas a “Leyendo este bosque de ausencias….”
  1. Leonardo dice:

    «Y era imposible creer que lo que allí había sido vida palpitante, segura, estable, ya no fuera más que un bosque de ausentes…»
    Qué bellas y poderosas palabras evocando aquel paisaje. Mis buenos deseos a la obra presentada.

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