El concepto “extraterrestre” en la ciencia ficción cinematográfica

Publicado el 22 de octubre del 2013 | ~

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Por Aniel Bifrost

El concepto “extraterrestre” en la ciencia ficción cinematográfica (Parte 1 de 2)

Desde el surgimiento en el siglo XIX de la ciencia-ficción, e incluso antes, cuando todavía no existía como el género literario que es en la actualidad (o subgénero, como lo prefieren algunos fruncidos intelectualoides), y no era más que una mitología industrial urbana de la imaginería colectiva. Uno de los más antiguos, y sino el más, de los principales temas, al que los cultores de la ciencia-ficción han recurrido hasta el día de hoy, y casi hasta el punto de la testarudez, pero sin aburrir del todo; siempre ha sido el concepto de la vida inteligente y civilizaciones tecnológicamente desarrolladas en otros planetas. O lo que hoy conocemos en nuestro consciente colectivo como: “extraterrestres”.

Porque sí, al nombrarse el término muchos ríen pensando en los típicos hombrecitos verdes de cabezas ovaladas, grandes ojos rasgados y antenitas de vinil como las del Chapulín colorado. Mientras que otros prefieren verlo con altura de miras, porque han leído a cerca de varios y serios testimonios sobre abducciones o saben hasta hartarse, de varias e importantes y reiteradas evidencias sobre no sólo el conocimiento documentado por parte de gobiernos de ciertas potencias, sino, hasta de la oculta y directa participación de esto en asuntos relacionados con el fenómeno de la inteligencia extraplanetaria. Se dice de naves alienígenas capturadas, de tecnología extraterrestre aplicada a nuestra vida diaria sin que nosotros lo sepamos. Se habla y se especula, y las evidencias no sólo son como una avalancha imparable, sino que además, en muchos casos, preocupantemente coincidentes entre un caso y otro. Lo que obviamente en la era de internet y de las redes sociales, se ha transformado en un verdadero caldero hirviente y chorreante de información, a veces veraz y muchas otras no. Que va desde lo más científico y serio a lo más absurdo y ridículo. Lo que a su vez, no ha hecho más que aumentar, quiérase o no, la fascinación masiva por al asunto del fenómeno OVNI. Y con ello, cómo no, darle una poderosísima inyección de vitaminas a la antigua historieta, novela o serial cinematográfica que desde hace mucho ya trataba sobre el tema. En lo que por supuesto, desde un principio la principal línea argumental ha sido que ellos (los extraterrestres) son los malos, y nosotros, los humanos, somos los chicos buenos. Algo que sin dudas le ha venido como anillo al dedo a los amos de Hollywood, mientras siempre sean ellos, claro está, los hijos del Tío Sam, quienes comanden las fuerzas terrestres en esta lucha por la supremacía entre especies intergalácticas. Porque obvio, los aludidos son los dueños del planeta, y el resto de pequeñas y pintorescas naciones subdesarrolladas del mundo, no somos más que un circunstancial apéndice, digamos… tolerable y casi inexistente.

Y aunque pareciera estar aquí de sobra una ponzoñosa crítica a la abusiva utilización de ciertos mitos urbanos, y de la idealización antojadiza de ciertos posibles habitantes de otros mundos, en la cochina guerra publicitaria de la política internacional, que pone a unos como villanos y a otros como los bienhechores héroes salvadores de la humanidad. Esto no hace más que un flaco favor a uno de los principales y muy racionales cuestionamientos presentados seriamente por la poco tomada en cuenta ciencia-ficción pura. “Los extraterrestres”. Porque el lector no debería asombrarse de encontrarse por ahí, en los anales de la ciencia-ficción norteamericana (muy avanzada en ciertos aspectos, y de verdad, muy, pero muy carente en otros), de una que otra novela, peliculilla o historieta en donde los alienígenas son presentados no sólo con una casi irracional agresividad contra la humanidad, sino que además organizados en un sistema socio-político del todo marxista. Sí… O como en algún momento tales seres también fueron los socios de otro mundo de los Nazis, porque por supuesto, fueron los que brindaron al Tercer Reich la descollante tecnología empleada por Alemania en La Segunda Guerra Mundial, las V-2, los aviones a reacción y un sinfín de otras cosas. Pero más allá de las especulaciones, haya sido esto cierto o no, la concepción viene de perilla al ser humano cuando se trata de hacer propaganda política, ya sea de un lado o del otro. Pero entonces, ¿dónde queda el serio cuestionamiento que deberíamos tomar en cuenta con respecto a esta no poco preocupante disyuntiva? ¿Estamos realmente solos en el universo?

Y aquí vine el meollo del asunto. Si hablamos del papel serio que también debería tener la ciencia-ficción, que por supuesto es importante y se agradece que además sea divertida. Pero… ¿Acaso no es el asunto de si hay vida inteligente en otros planetas algo como para pensar con altura de miras? ¿Que si acaso, como dicen las muy apabullantes evidencias, estos seres no sólo existirían, sino que además estarían entre nosotros? ¿No es algo como para no detenernos a pensar un momento en esta muy posible, valga la redundancia, posibilidad? ¿Acaso no sería un evento que nos obligaría a cuestionarnos seria y profundamente todas nuestras humanas creencias teológicas, filosóficas y culturales que hasta hoy y durante milenios han sido el sustento de nuestra propia civilización y existencia como especie intelectual?

Entonces, volviendo al papel de la ciencia-ficción en nuestro medio. Género tan vilipendiado por el mohoso intelectualoide catedrático, el que en su muy peculiar narcisismo mental delira con ser el amo y normador de la cultura: ¿Podrían decir ello, que ésta no es más que una expresión antojadiza y underground de la ociosidad de la anarquía creativa? ¿O al contrario, es la revelación de algo más que surge de nuestro casi inexplorado subconsciente humano, que viene a decirnos y a alertarnos con respecto a fenómenos y acontecimientos que por muy inverosímiles que a nosotros nos parezcan, son del todo reales, o que pudieran llegar a serlo, como en el caso de los entonces casi ridículos aparatitos con los que los exploradores espaciales del Enterprise de Star Trek, se comunicaba con el puente de mando de su nave? Sí, ¡qué fantasioso! Un teléfono portátil y sin cables… No, no… Fantasioso hubiera sido si entonces le ponen, a dicho invento imaginario…, no sé, aplicaciones como las del iPhone. Que además se hubiera podido jugar, escuchar música y ver videos HD con él.

Siendo así las cosas, ¿es caso tan imposible que dentro de algunos cientos de años, o tal vez menos, nuestros nietos o bisnietos sean capaces de desmaterializarse en una cabina en la ciudad de Santiago de Chile para reintegrarse de inmediato en otra similar en un nuevo Tokio? ¿Es acaso así mismo, tan ridícula la concepción de vida inteligente en otros mundos?

Entonces, ¿por qué la ciencia-ficción, desde siempre y en la grandísima mayoría de los casos es tan perezosa en el simple objetivo de intentar concebir una idea realmente creíble y seria de cómo sería la inteligencia extraterrestre? ¿Por qué siempre presentando una idea de tales entidades que no es otra que la de un codicioso, egoísta y belicoso ser humano, pero menudo, verde y con antenitas en la cabeza, o con piel como la de los reptiles, algo muy de moda últimamente entre los teóricos conspiracionistas?

Soy un cinéfilo, y amo las películas de ciencia-ficción, muchas veces sin importar de dónde vengan. Por supuesto, es mi género cinematográfico favorito, y lo disfruto cuando tales obras son realmente entretenidas, lo que no falta en la actualidad. Y hasta encuentro entretenido y disfruto el jocoso detallito que los gringos sean siempre los salvadores del mundo, pues es algo muy gracioso, cuando en la cruda realidad, los mencionados, ahora andan con el culo agarrado de dos manos con su economía zozobrante. Ufff… Y ojalá que por ahora, a los extraterrestres no se les ocurra invadirnos más que en el celuloide y la ciencia-ficción, porque si USA no tiene como pagar debidamente a sus empleados públicos, una guerra con otro mundo sería realmente el acabose. Porque entonces las naciones subdesarrolladas exclamaríamos al cielo cual Doña Florinda… ¿Y ahora, quién podrá defendernos?

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