Una novela post-cataclísmica con notables rasgos chilenos

Publicado el 18 de noviembre del 2012 | ~

Por Moisés Hasson *

Aquí comentaremos la casi olvidada novela de ciencia ficción chilena: “Regreso al Edén” de Luis Melendez (Editorial Zig-Zag, 1960)

El mundo se enfrasca en una guerra mundial destructiva. En la periferia los restantes países colapsan. En pocas páginas se ha desatado todo, y –sin mediar muchas palabras- nos encontramos con los protagonistas que huyen de la ciudad buscando llegar a su fundo. Instalados en una pequeña casa de mineros, en un cerro, desde allí observan cómo son destruidas su casa patronal y sus propiedades por los que hasta hace pocos días eran los inquilinos.

De los protagonistas, conocemos que son una familia. Los padres y sus tres hijos ya adolecentes (un hombre y dos mujeres). El narrador es el padre (Pablo). Al principio comen de lo poco que han cargado consigo, y se señala que intentan obtener alimento de los bosques, esfuerzo especialmente destacable en los dos hijos mayores. Descubren que en las planicies “algo” se ha instalado en el suelo aniquilando la vegetación y animales, y también les afecta a ellos si permanecen mucho tiempo en su contacto.

Finalmente, y luego de un par de meses, al parecer, la familia se decide instalar en las ruinas de su propiedad –que está en un terreno alto- donde logran restaurar una especie de dignidad completamente perdida. Allí nos enteramos que la pareja no posee “afinidad  íntima” achacándola el marido a una represiva educación católica de su esposa. Mientras ella le tilda de “comunista” en sus discusiones (antes y después del cataclismo).  

Ya están establecidas, en las primeras 40 paginas, los patrones de una clara novela post-cataclísmica, pero con muy transparentes rasgos chilenos. Los protagonistas son una familia, tema muy querido en el discurso público de nuestro país. También ellos en el fundo muestran los rasgos más notorios de la oligarquía territorial con el tratamiento y  existencia de los inquilinos, especie de servidumbre agrícola que en nuestro país comenzó a desaparecer recién a contar de 1964, con la Reforma Agraria impulsada por el gobierno de Eduardo Frei Montalva.

Comienza la adaptación a una vida más cerca de la naturaleza, y Pablo decide escribir todo en un diario. Se las arreglan para sembrar. Hacen aparejos y van de pesca. En eso aparece una persona externa.  Un sobreviviente que anda con su carga en un burro a cuestas.  Antes fue estudiante universitario (medicina, arquitectura) según cuenta, y huyó en auto desde la capital, donde luego de varios eventos y quedarse sin combustible, mueve su carga a un burro.

Este nuevo integrante de la tribu, al parecer más una especie de político joven, bueno para la dialéctica y la charla insulsa, genera atracción y repulsa: Rafael Argensola. Pero se queda. Todos juntos buscan sembrar, y se involucran en las tareas agrícolas. Se suma la captura de un grupo de cabras que están sueltas en los cerros colindantes.

La relación de los jóvenes se pone algo tensa.  Claramente “la naturaleza llama” como escribe el protagonista, y ello genera una vuelta a necesidades básicas. Logran hacer andar un vehículo y salen a los pueblos vecinos en búsqueda de bienes.  De dulce y agraz, aun cuando queda claro que no son “los únicos habitante sobre la faz de la Tierra”.

En una segunda salida, el resultado resulta desalentador. Ellos avanzan y logran llegar a un valle sembrado, se ve movimiento, y un hogar habitado.  Sorprendidos ingresan y lo que ven los deja anonadados.  Una mujer algo mayor, casi desnuda, los recibe y lo que les cuenta una historia que, nuevamente, nos lleva a los traumas de una sociedad reprimida.  Los que allí viven son un grupo algo grande de hombres, y sólo la tienen a ella para satisfacer sus instintos.  Antes habían “conseguido” una más joven, pero se murió debido a los malos tratos.  Además hay dos de ellos con inclinaciones homosexuales, pero que no son del gusto de la mayoría.  Les sugiere huyan lo mas rápido que puedan.  Logran reaccionar al ver la tropilla de hombres que viene corriendo del valle y arrancan en el vehículo usando sus armas de fuego.

Seguir narrando la historia sólo significaría dejarlos sin sorpresa en una futura lectura. Digamos, por tanto, que al contrario de las novelas post-cataclísmicas norteamericanas de esos mismos años, el autor no desdeña meterse en el terreno sexual, de hecho termina siendo uno de los temas mas importantes de la novela. Casi anticipando a la revolución sexual de la década de los 60’s, Meléndez se lanza al ruedo del tema de la educación represiva, la libertad individual, los derechos del líder, la fuerza de la naturaleza y los instintos. Por otro lado, sí encontramos muchas similitudes con esas novelas en la fuerza por sobrevivir, en aprender viejos artes de caza, recolección y siembra, en los esfuerzos gregarios, pero en un entorno distinguiblemente «chileno».

Sólo nos resta agregar, como una muestra de las opiniones de la época (1963) que se tildó al grupo familiar de ir transformándose en un “grupo disoluto y depravado”, en vez de ser, supongo, un ejemplo de virtud para trascender la humanidad. Claramente, una visión sesgada que muestra los mismos prejuicios que Melendez despliega en su obra.

Sobre el autor: Luis Meléndez Ortiz (1891 – 1988). Escritor. Fue marido de la poeta Chela Reyes. En 1926 publicó su primera novela titulada “Torre de marfil”. Luego vendrían otras como: “Las mujeres están lejos” (1938), “El unicornio, la paloma y la serpiente” (1947), “Isabel Talbot” (1955) y “Regreso al Edén” (1960), al parecer su último trabajo.

La portada estuvo a cargo de Sergio García Moreno, quien también realizó otras para otros clásicos juvenil de Editorial Zigzag.

* Para revisar otros comentarios y críticas de este estudioso de la Fantasía y la CF (en general) y de la CF Chilena (en particular), los invitamos a conocer su interesante blog: http://bibliotecajuntoalmar.blogspot.com/

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