Reflejos identitarios problemáticos en la literatura fantástica chilena

Publicado el 8 de octubre del 2009 | 4

pulsePor Natalia Díaz Urra

A partir de la lectura e investigación en torno al tema de la ciencia ficción y fantasía en Chile y especialmente, respecto a lo local, en Valparaíso y la editorial Puerto de Escape, una de mis inquietudes, que se ha convertido en objeto de este artículo, es aquella que hace referencia a la problemática del reflejo identitario en la literatura fantástica chilena.

Podríamos hablar aún de un “desprecio” hacia el género fantástico, relegado siempre al lugar de la pura entretención y aún no considerado, por muchos, como una de tantas formas del quehacer literario. Más allá de la determinación de qué es o no es literatura, pues creo firmemente que sólo el tiempo tendrá la última palabra para fijar a este género no sólo como una forma válida sino profundamente auténtica de nuestra literatura, lo interesante aquí, es señalar que uno de los factores que parece incidir en el detrimento de la literatura fantástica en Chile es su falta de representatividad.

¿Debe la literatura ser representativa? Y si es así, ¿de qué lo es? Primeramente, la búsqueda aquí está centrada en la identidad, por tanto, la literatura en general, y en este caso especial la fantástica, debiera ser representativa respecto de la cultura chilena, de sus tradiciones, formas, costumbres, lugares, incluso leyendas, mitos, relaciones fantásticas orales presentes en todas las culturas del mundo y que se transmiten de generación en generación. Y que son finalmente las que constituyen la tradición de una nación, su identidad cultural, su esencia.

Para ello, pretendo realizar un análisis de los elementos identitarios presentes en un cuento de Francisco Ortega, titulado Santa Graciela, incluido en la antología de literatura fantástica chilena actual: Alucinaciones.txt (Puerto de Escape, 2007).

Ahora bien, existe toda una rama de críticos que señalan que el fenómeno global ha desarmado las culturas locales, haciéndolas cada vez más universales, por ello será necesario entender también que –desde una mirada altamente positiva– la globalización si bien universaliza algunos aspectos, también intensifica las diferencias, rearticulando y reinterpretando localmente lo que son prácticas culturales similares y “universalistas”. A este respecto señalará Larraín que “De lo que se trata es de tomar los aportes universalizables de otras culturas para transformarlos y adaptarlos desde la propia cultura, llegando así a nuevas síntesis”. (2005:133)  O al menos, esa debiera ser la reacción natural, el repliegue social respecto de la ideología imperante para crear una forma que le sea propia (ya vimos cómo este repliegue y adherencia son en realidad movimientos constantes).

Dada esta nueva afirmación, podemos entender la identidad nacional como un proceso flexible, de profundo arraigo “inherente” a cada cultura, una construcción que precisamente por ese carácter no es estática, sino en constante movimiento.  Se sigue entonces la línea de que ese movimiento será acorde con los dos antes mencionados, a saber, el de la modernidad/localidad y el de la reflexividad (mímesis)/representación (que en definitiva es una oposición entre burguesía/ pueblo).  Señalará a este respecto Larraín que “en el campo de la cultura, los rasgos culturales raras veces “son” propios en el sentido de “puros” u “originales” y más bien “llegan a ser” propios en procesos complejos de adaptación.” (2005:132), reafirmando una vez más la idea de la construcción.

Pero, ¿se refleja esta construcción en la creación literaria? Y más aún, ¿será necesario su reflejo? Rojo señalará que la identidad en literatura puede definirse como “…una relación de congruencia: la que se establece entre un parecer y un ser o, dicho menos pretenciosamente, entre un discurso y un referente, que también puede ser otro discurso”. (2002:51)  Desde esta perspectiva, me parece bueno entrar en el cuento señalado, para dar cuenta de cuál es ese reflejo.

Ha llamado mi atención el relato Santa Graciela de Francisco Ortega. En él, el narrador nos presenta una peculiar historia, donde nos encontramos en un Penal en la Isla de Santa Graciela en 1976, época que el narrador –Carrasco, un conscripto del ejército– describe como difícil “después de que Allende y sus ladrones se robaran la mitad del país” (2007:79). Ambientada en este contexto, se nos relata cómo estos conscriptos han llegado a un lugar que, contrario a lo que debiera suceder con los reos que allí se encuentran, está completamente vacío. Desde este momento se comienza a formar una atmósfera lúgubre, en la que pareciera que algo o alguien estuviera al acecho, esperando por algo. En medio de esta sensación espantosa, uno de los conscriptos le avisa al grupo que en otro lugar del Penal encontraron a una mujer joven, de unos 25 años, “lo más seguro era que se tratara de una estudiante universitaria detenida por conexiones con la izquierda revolucionaria.” (2007:85). Se produce aquí un movimiento repulsivo, entre el dolor, la tortura y el placer hipnótico de la imagen femenina, la vejación, el abuso, el machismo llevado a su máxima expresión. Es la terrible realidad de una época que no podemos obviar, una dictadura que no podemos olvidar, que no podemos leer o escuchar sin conmovernos, pensando que esa realidad nunca ocurrió. Así, la tortura, el dolor, la miseria, son reflejadas en el episodio que sigue:

“-Si no es tan difícil mocoso –añadió el Oso -. Bájate los pantalones y métele tu huevada chica en la concha, si querís te la abro con los dedos. Si la perra te está esperando, no cierto mi amor –la miró-. Y agradezca mijita que ando con estos imbéciles pa’ que la trabajen, mire que en mi casa tengo un perro grande al que le encantan las zorras mojadas como usted, chucha de su madre.” (2007:88)

El episodio es brutal y no necesita mayores descripciones, pero llegado un punto, la brutalidad se invierte y parece tomar venganza: la muchacha comienza a reírse fuertemente mientras el Oso, que la está violando y, en voz del mismo narrador, se imponen el miedo, la sorpresa, el horror:

“Las piernas de la muchacha se trenzaron, una sobre otra, hasta formar una especie de cola escamosa, como de serpiente. Luego giró su cuerpo de un modo imposible, inhumano, antinatural, como si no tuviera partes óseas, contra el Oso y lo levantó usando unos brazos largos y desproporcionados, terminados en garras similares a las de un buitre. Y fue ahí cuando vimos su boca, abierta de cuajo y terminada en enormes y afilados colmillos. De un movimiento rápido, clavó sus quijadas en la garganta del gigante y comenzó a desgarrarlo. Usó su otro brazo para cortar el sexo del hombre, que arrancó del cuerpo como si fuera un muñón de carne roja.” (2007:89-90)

Después de esto la carnicería es brutal, la entidad devora y destruye a los que se le enfrentan, destroza y mutila sus cuerpos, dejando todo el espacio lleno de sangre y restos humanos. Se describe entonces este monstruo abominable, de muchos brazos sin un centro, con tintes de un profundo mensaje transideológico, una ucronía que podría haber hecho posible el castigo nunca consumado contra los agresores.

El argumento del cuento es entonces derechamente fantástico, creando una atmósfera que mezcla los elementos de la realidad con los de la fantasía, con seres imaginarios que apelan a la leyenda y el mito. Podemos hablar aquí de ucronía, es decir, de una reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder”, lo que nos inserta dentro del mundo de la fantasía. Aquí está inserta la leyenda, pero no como creencia que se transmita al lector, sino como temática implantada en el relato. Tenemos así, también, lo que Todorov llamaría la vacilación que es requisito de la literatura fantástica, produciendo la sensación de lo extraño o de lo maravilloso. Por supuesto, nos encontraríamos aquí con una forma de lo maravilloso, explicado sólo por hechos que no tienen base científica ni proceder en el “mundo real”.

¿Podemos, por todos estos elementos, decir que este relato se aleja de la representación contextuada de una nación? ¿Podríamos decir que es pura fantasía, sin sentido respecto de crear una representación del mundo? Señala, Grínor Rojo, respecto del afán por la representatividad en la literatura que “en la historia de la literatura latinoamericana, su consecuencia perceptible es el aprecio por las novelas realistas y naturalistas decimonónicas…”. Y si bien existe toda una serie de obras pertenecientes al realismo, naturalismo, criollismo, costumbrismo, éstas –y la literatura en general –sólo pueden entenderse respecto de su época y contexto, por lo que la literatura del siglo XXI debe entenderse también de este modo, como una forma distinta de representar la realidad y, por tanto, la identidad de una nación. Precisamente es esta nueva tendencia la que se percibe en Santa Graciela, donde se reemplaza la figura prototípica de la venganza, la ira, el rencor, por una gran masa de brazos tétricos. Y la leyenda de los vampiros, que reemplaza a su vez, a toda una serie ideológica subyacente.

Finalmente, podemos llanamente decir que los vampiros no son representativos de la leyenda americana y que en realidad sólo nos traen a la memoria un recuerdo europeizante. Podemos decir también, como lo hace Remi-Maure, entre otros, que en Chile, la ciencia ficción y en la literatura fantástica sólo implantó un modelo europeo y estadounidense, y que en realidad no hay nada nuevo que ver. Pero esta visión, sesgada, puede desecharse con la sola lectura de cuentos como el relatado. No es sólo ese, hay muchos relatos, que no sólo hablan de un Chile explícito –refiriéndome al espacio en que se desarrolla la acción– sino que encierran en el mundo creado, una representación más profunda y menos evidente del mundo, una crítica social, una forma de mirar hacia el pasado. ¡Quién no habría querido tener un ejército de seres mutantes que destruyeran a todos aquellos que causaban daño y horror y cometían abusos imperdonables contra los derechos humanos!

Contra eso es que se alzan estos vampiros, pero de manera salvaje y primitiva, es decir, perdiendo toda proporción, el monstruo devorador se transforma en aquello que ha devorado, y en esta guerra propiciada por un hombre ignorante cuyas ansias de poder fueron mayores que todo, pasa de la unilateralidad a la bilateralidad, precisamente señalando esa paradoja de que hay que perder toda esperanza. Aventurándome, por supuesto, a una interpretación, que siempre es subjetiva, respecto de lo que el autor quiso “realmente decir”, apunto que el elemento identitario, ese elemento contextual que permite reconocer a una literatura como propia, va más allá de los huasos o traucos. A mi parecer, la literatura no debiera buscar la representatividad, sino apelar a que el mundo diegético creado es en realidad representativa e identitario respecto de sí mismo, que es precisamente la tarea que ella lleva a cabo. Por tanto, siendo esta su misión, puede uno darse por satisfecho, siempre y cuando se mire más allá de la superficie.     

Autores citados:

Larraín, Jorge.  Globalización e Identidad en América Latina en ¿América Latina moderna? Globalización e identidad. Santiago.  LOM, 2005.

Rojo, Grinor.  La identidad y la literatura. En Martínez, José Luis.  Identidades y sujetos para una discusión Latinoamericana, Santiago.  Ediciones Facultad de Filosofía y Humanidades.  Universidad de Chile, 2002.

4 respuestas a “Reflejos identitarios problemáticos en la literatura fantástica chilena”
  1. Muy buen artículo, y completamente de acuerdo. Hace falta trabajar la identidad en la literatura fantástica chilena. Además, el relato de Francisco Ortega es excelente.
    Eso sí, me gustaría hacer una salvedad; ya que hay relatos, sobretodo en CF, que no necesariamente pueden tener una identidad, ya sea de una nación o cultura determinada.
    Por ejemplo, me pongo en el caso de una historia ambientada cien mil años más adelante, con otros códigos, costumbres y lugares. El trabajo del escritor en este caso es de mucha dificultad, ya que debe excluir del texto toda (o gran parte de) la cultura en la cual el se desenvuelve y así desarrollarla de una forma más que universal, casi alienígena, lo cual, es un trabajo tanto o más difícil que hacer un relato con códigos conocidos o históricamente reconocibles.
    Me pongo en el caso de Dune de Herbert, por ejemplo (aunque en él hay varios elementos del medio oriente, y él era norteamericano). Espero algún día poder leer un relato así de «lejano» de alguna pluma chilena.

    • marnovoa dice:

      Así es estimado amigo!
      Como lectura sugerida, tú sabrás si lo lograron o no, te puedo recomendar: El Dios de los Hielos de Carlos Raúl Sepúlveda, 1989 (que trascurre 20.000 años en el futuro, con una geografía reconocible, pero con nuevas razas, y los mismos conflictor humanos, eternos…) o bien, Romance de Alauwen y Eliosad de Marcelo Fuentes, 2007 (que contada como una saga medieval nórdica, nos habla de razas futuras y ciudades imposibles que cifran el destino de todas las razas). Y por supuesto, esperamos leer la obra que tú estás cocinando para la posteridad!
      Grandes saludos desde otro mundo!

  2. Este bien encauzado artículo nos plantea sobre todo preguntas que debieran ser respondidas o por lo menos planteadas en un foro adecuado, especialmente por qué el género llamado fantástico (de acuerdo con parámetros literarios y culturales sobre todo europeas) sería precisamente el género o lenguaje literario que mejor representaría nuestra identidad americana (o mundonovista como se la llamó durante nuestra incipiente modernidad).
    Esto lo plantearon ya Serrano y otros en su «Antología del verdadero cuento en Chile» de 1938.
    Yo creo que la clave está en la escritura metafórica (o ‘realismo metafórico’) que parte desde los mitemas precolombinos y culmina pero no concluye con el llamado «realismo mágico» (según el esquema de Alejo Carpentier)
    Ahí tiene cabida y un puesto preponderante nuestro gran ignorado y al parecer sistemáticamente «echado a un lado» , Juan Emar, quien aparece como un misterio o ‘terra incognita’ hasta para especialistas, como pude presenciar en un panel en 2008 en la Biblioteca Nacional.
    Creo que en Orbita/Puerto de Escape y sus Festivales podemos ir recorriendo ese camino

  3. FelipeChoque dice:

    Hola, interesante artículo! Me hace pensar en mi edad, ya que tengo 26 y al parecer; la juventud me aleja automáticamente de una identificación Patria que pueda reflejar en lo que hago. Pero no es fruto de una enemistad o falta de aprecio por Chile, en absoluto; pero a esta altura me cuesta definirme más específico que como un habitante del Planeta Tierra.
    De tal manera me pongo muy de acuerdo con la idea propuesta por Armando, en que la Ciencia Ficción favorece mucho más una distorsión o fantasía cultural, por sobre una Identidad Nacional. Sólo agregaría que, como yo lo veo, no se necesitan cien mil años, con sólo cien ya estaríamos complicados. 🙂
    Saludos!

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