La Narrativa CF de Armando Menedín (Tercera Parte y final)

Publicado el 8 de octubre del 2009 | ~

CafeFantasmas. Hernan CastellanoPor Hernán Castellano-Girón

La crucifixión de los magos: ideología y estética al servicio de la fantasía

Concordemos que lo más significativo en un trabajo literario son sus valores intrínsecos: es el texto el que debemos juzgar como obra artística, y no por el grado de cumplimiento de las “profecías” escritas en un cierto momento. La historia humana, incluyendo la del “progreso científico” es un proceso no lineal, se rige por la física cuántica y no por la atómica, por la geometría no euclideana y no por la tradicional. Aún más, diríamos que es un proceso aleatorio, cíclico, con frágiles avances y tremendos retrocesos.Investigadores no ortodoxos de la historia como Robert Charroux, por ejemplo, postulan la existencia de varias civilizaciones, incluso avanzadas, que habrían existido en la tierra durante miles o aún millones de años.

El proceso de la memoria es fundamental en la concepción de AM. Los infelices condenados de Fobos sólo podrían liberarse a sí mismos sólo recordando lo que fueron, memoria histórica que cada vez es un arma más temible para los gobiernos, sean dictatoriales o seudo democráticos, y se la teme más que a los demonios de sobrepasadas teogonías.

El responsable/director de este proceso revelador/liberador es Chalukian, Magus que también llega a la colonia penal sin imputación declarada, como si fuera una víctima de la Inquisición antigua o moderna. En cambio en la Tierra (y en Chile, que en LCM parece ser un mundo donde se producen asombrosos cambios y descubrimientos prodigiosos) está el personaje clave de Vergara Qlaus, que sería uno de los tres científicos más importantes del orbe. Su poder es inmenso y su ascendiente sobre la gente sobrepasa la de cualquier rock star de nuestro tiempo. Ha desarrollado facultades telepáticas y, aparentemente, ha creado en Chile una raza de SúperMutantes. Pero cuando vemos la realidad chilena de 2008, las predicciones de Menedín resultan incluso patéticas. Lo notable es que, finalmente, el texto no lo es y si se lee en una clave irónica, la parábola final funciona y la historia a grandes rasgos calza con el horror del presente, a nivel nacional y global. Menedín pareciera plantear la estructura ideológica de su novela y su mundo como un dilema entre Ciencia y Religión, y sus personajes defienden ambas posturas con la misma pasión que los hinchas de fútbol defienden sus equipos, entonces y ahora.

El episodio del personaje Roko (escéptico de la ciencia y del progreso) con el robot-camarero (el que le trae una cajetilla de cigarrillos) es sintomático para describir este conflicto. Roko provoca la destrucción de varios androides y ello es considerado un acto de gravísima desobediencia civil, y según la ley y la costumbre vigente el autor debería ser conducido a un hospital mental por los “laboratoristas”, o sea operadores científicos que en la práctica actúan como policías. Esteban, famoso artista que practica el show del País de Oz —como en Peter Pan y en la elaboración poética de esta historia por Jorge Teillier (el País de Nunca Jamás) es el paradigma de la felicidad de la infancia recobrada, un mundo o paraíso alcanzable dentro de la magia del teatro— logra sobornar con su prestigio y dinero a los operadores del local (donde se comían sólo menús de algas marinas, interesante detalle) demostrando que la coima funciona en cualquier sitio y lugar, aunque sea el Chile futurista que Menedín postula.

También en Santiago, Herbert, el resentido juglar cuya pierna fue cortada por su cocodrilo-partner de su número, es finalmnte destrozado por el reptil que lo acompañó durante toda su vida, en una simbiosis de parasitismo que Menedín describe con rasgos esperpénticos.

La acción salta continuamente de la Tierra (Santiago de Chile) a Fobos donde se desarrolla el drama ideológico cuyos protagonistas/líderes son el Hechicero, el Obispo y recientemente, Chalukian el Mago, con sus espejos que pueden revelar el pasado.

Ahí se desarrolla un alucinante enfrentamiento entre estos líderes y la masa de los condenados Estopas que llevará finalmente al desenlace, donde estos lapidan a los líderes y pierden con ello la posibilidad de usar los “cristales soñadores” (que Menedín nombra sin citar a Theodor Sturgeon) y poder así salvarse, esto es, salvar su psique perdida junto con su integridad física.

Ni siquiera la llegada del imponente Vergara Qlaus —quien adquiere relevancia casi Papal ante el mísero grupo de los colonos— apersonándose muy tardíamente a rescatar a Chalukian, hallado inocente después de haber sido “condenado injustamente por aquellos que tratan de anular el poder de la ciencia” (94) sirve para salvar a los líderes. Como muchas ideas de LCM, ésta reivindicación postmortem del Mago aparece como importante y vuelve a plantear el dilema ciencia versus esoterismo, magia, pluridimensionalidad del universo, etc., problema que Menedín plantea pero afortunadamente no intenta resolver.

Los muertos en Fobos son liberados de sus zapatos plúmbeos frankenstenianos y con ello ascienden a integrarse en el cementerio aéreo constituido por los cuerpos que planean sobre el pequeño asteroide, “con las manos extendidas como imitando el vuelo de un albatros” (67). Chalukian va junto a ellos, flotando para la eternidad.

En un imprevisto giro ideológico, al final, Vergara Qlaus anuncia que ellos han descubierto que el País de Oz es el Reino de Dios. Después de tan sorprendentes palabras, el jerarca científico vuelve a su espectacular astronave que emite vapores verdes, y abandona a los condenados, dejándoles la esperanza de una próxima liberación y regreso a la Tierra.

REFLEXIÓN O CODA

Después de muchísimos años he leído Microbe Hunters (Los cazadores de microbios) del Dr. Paul de Kruif (1890-1971, que en 1916 participó como médico de la expedición punitiva de los EE.UU. contra Pancho Villa), un libro por muchos aspectos notable que marcó una época de mi vida, acercándome a una concepción romántica de la ciencia, aun cuando yo no asimilaba pero sí intuía estos conceptos a mis  doce o trece años. Esta lectura me indujo una errada «vocación científica».

La casualidad autorregulante que ordena tantos actos de nuestra vida, hizo que se yuxtapusiera esta lectura con la de las novelas de Menedín. A esta edad y con el tiempo transcurrido, y comparando algunas abominables ideas expresadas por de Kruif en ese libro que antes consideré visionario, con las cristalinas pero densas metáforas de Menedín, uno no puede menos que intuir, si no perfectamente definir el proceso degradatorio del planeta cuando lee frases como éstas: «se hablará de hombres con visiones de ciudades verticales, llenas de vida, que en el futuro se construirán en lo que fueron selvas y ciénagas que ahora sólo sirven de refugio para las bestias asesinas y las lagartijas». Horribles palabras que definen todo un epistema que hasta ahora no logra ser borrado o por lo menos contrarrestado con acciones y políticas menos infames y ecocidas. Hasta ahora, no conocemos a otra “bestia asesina” que la humana, y los reptiles, incluidas las lagartijas,  son seres mucho más dignos de respeto que los taladores de bosques.

Este paralelo hallado en la misma redacción final de estas notas, nos resulta tan incitante a la reflexión como la relectura de libros tan disímiles, pero cuyos caminos ideológicos extrañamente se cruzan. Si la ciencia ficción misma tiene características propias e imprevisibles —las novelas de Menedín así lo demuestran— también las tiene esta forma de humilde homenaje por parte de uno que no podría autodenominarse discípulo pero sí un deudor espiritual y también un admirador de su integridad intelectual y humana.

El Dr. de Kruif es sin duda uno de los últimos representantes de la ortodoxia positivista en su interpretación muchas veces jocosa y otras irritante por sus prejuicios raciales, de la saga de casi trescientos años de lucha contra todo tipo de microorganismos que con frecuencia se mostraban como entidades increíbles, dignas de protagonizar el mejor relato fantacientífico: proteos funámbulos, lunas microscópicas, pulpos que esquivaban la luz volviéndose invisibles.

¿Cuál sería su conexión menediniana, fuera del mero hecho de haber leído sus obras en paralelo?

Como nada es gratuito ni completamente casual, notamos que de Kruif se demuestra como un maestro del relato y la crónica, pero inconsciente del correlato fantástico que saturaba sus reflexiones sobre los que perseguían a los monstruitos invisibles que también —como en el caso de la rabia— iban más allá de lo invisible dentro de lo microscópico.

Las ideas de de Kruif contrastan con la creación del maestro de los maestros de la primera ciencia ficción, Herbert George Wells y su visión de Marte y sus habitantes.  En la espectacular y muy fiel versión cinematográfica de La guerra de los mundos de George Pal (1953) se asimilaba a los marcianos a los tétricos fantasmas (¿o fantoches?) de la Guerra Fría. Ni siquiera la bomba atómica había logrado aniquilar a esos marcianos, representados como horripilantes crustáceos de piel roja, pegajosa y repugnante y poder tecnológico omnímodo en lo que respecta a lo destructivo, y que invadieron al planeta Tierra para colonizarlo.

Pero ellos fueron derrotados —salvando a la vida terrestre— precisamente por los “enemigos de la humanidad”, los microbios bacilos y bacterios que Dios “en su infinita sabiduría había puesto en el mundo”. La versión fílmica repite casi literalmente las palabras finales de Wells.

¿Otra vez ciencia versus religión, como en LCM? ¿O podemos ir más allá de esta dicotomía maniquea, precisamente porque la realidad es infinitamente más compleja?

Armando Menedín nos señaló una luz (el amor de 3H1 por Laura que vence a la muerte, los espejos de Chalukian que nos remiten al inagotable reservorio espiritual de la infancia) en estos dos libros que he comentado con gran respeto y gratitud hacia la coyuntura del tiempo que nos hizo coincidir en vida con el autor.

Nos cabe la emoción y la alegría de reconocer que Armando Menedín, viejo maestro de la palabra fantástica, de la visión mágica y la fraternidad, sea quien al mismo tiempo enuncie o defina el lado contrario, la muerte planetaria, la opresión de la tecnología en sus novelas que dignifican nuestra literatura en todo tiempo, pasado o futuro.

En La Crucificción de los Magos, Armando Menedín plantea preguntas cuya formulación ni él mismo puede o intenta establecer sistemáticamente, pero sus visiones perduran, su verdad se impone a la muerte.

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