Mi reciente lectura de “Juana y la cibernética” (1963)

Por Hernán Castellano Girón | Publicado el 28 de septiembre del 2008 | ~

Mi reciente lectura de “Juana y la cibernética” (1963)

Quisiera dejar aquí unas breves notas sobre mi recuerdo -muy vivo y muy presente- de Elena Aldunate en su paso como participante estrella en los dos talleres literarios que Braulio Arenas dirigiera en la editorial Zig-Zag y en el Instituto Cultural de las Condes entre 1967 y 1969, como así algunas ideas producto de una reciente lectura de «Juana y la cibernética» (Santiago, 1963, en adelante JYC) motivada por el homenaje publicado en Órbita/Puerto de Escape 14, que pueden agregarse al excelente presentación general de la obra de Elena hecha por Roberto Pliscoff.

En dichos talleres se inscribieron autores que eran o serían conocidos y apreciados en la literatura nacional, como Manuel Francisco Mesa Seco -poeta de Linares- Raquel Weitzman, Leonel O’Kington y el legendario Adolfo Couve, entre muchos otros, que si bien no eran ampliamente conocidos, tenían dotes relevantes, como Ana María Risopatrón, autora de singulares textos poéticos llenos de sutil ironía y poseía una voz que a los veinte años aparecía ya completa, Juan Barros Alemparte (que fue compañero mío en el Liceo de Aplicación) y Claudio Torres, entre los que recuerdo más vivamente. Y por supuesto, Elena Aldunate, quien compartió con nosotros no sólo el valor de sus extraordinarios textos donde lo fantástico y lo psicológico se mezclaban con resultados muy poco comunes en la literatura chilena de entonces (¿o de siempre?) sino también sus cualidades humanas, su finura e inteligencia en la discusión literaria de los textos de bisoños y avezados, ángeles y gorriones.

Cuando conocí a Elena, ella había publicado JYC hacía unos cinco años, en la también legendaria colección «El viento en la llama» de Armando Menedín. JYC apareció en el número 7 de la segunda serie que se cerraría con el número 12 de mi Kraal, que se comenta en otra sección de este sitio (Órbita/ Puerto de Escape 13). La segunda serie contiene libros notables e indispensables para la historia literaria de Chile, y que sólo la deficiente y poco profesional crítica literaria chilena -especialmente la mediática del tiempo reciente- ha permitido que se remitan a un injusto olvido del cual serán ciertamente rescatados.

Esta segunda serie se abre con Cinco y una ficciones de Mauricio Wacquez (1) y sigue con Laura de Armando Menedín (2), Alrededor de Luis Oyarzún (3), Horario de un caracol de Luisa Johnson (4), Poemas para una casa en el cosmos de Hernán Lavín Cerda (5), Poemas del país de nunca jamás de Jorge Teillier (6), uno de los libros más importantes de la poesía en lengua castellana del siglo XX, y luego JYC, anunciándose además en solapa la primera reedición desde 1925 de la Tentativa del hombre infinito de Neruda.
JYC aparece en nuestra lectura a cuarenta y tres años de su publicación, como un texto singular donde lo femenino que introduce la narración dentro de los parámetros establecidos, por ejemplo, por María Luisa Bombal, va gradualmente transformándose paso a paso y frase a frase en el horror de un thriller que luego se resuelve no en los términos habituales del género, sino en una explosión imagístico-metafórica que deja una honda impresión en el lector.

La protagonista Juana vive una vida marcada por la angustia, la soledad (ella no ha tenido ninguna experiencia sexual, es virgen a los 44 años) y la humillación, en un medio sórdido de miseria moral y social. Este breve texto -que no alcanza a ser nouvelle y tal vez sólo es un cuento largo- no contiene ni una frase ni una palabra de más. Todo se une en un crescendo donde el esquema anotado se va cumpliendo en las sucesivas experiencias de Juana, que permanece encerrada por una «jugarreta del destino» en las dependencias de la fábrica en que trabaja, sin posibilidad de escapatoria, durante todo un fin de semana de Año Nuevo, sin alimentos, a solas con su soledad y su memoria.

Portada Juana y la cibernética, de Elena Aldunate (1963)

Hay en JYC muchos elementos de crítica social, especialmente por las condiciones de trabajo y la cínica actitud del dueño de la industria, pero ellos se desarrollan sutilmente, se alude y no se escoge la reducción panfletaria, sino que la concepción de la autora va mucho más allá de eso. Mientras las horas pasan y el hambre la acosa, Juana va percibiendo y personalmente experimentando una verdadera transformación junto con la realidad circundante. Como en «Maestranzas de noche«, escrita por el entonces jovencísimo Neruda, el metal, los artefactos y las maquinarias se humanizan, pero la singularidad de lo narrado en JYC es que ello va ocurriendo en una inusual clave erótica.

La mujer encerrada en ese largo fin se semana sólo vislumbra una salida hacia su propio interior, y ello ocurre primero con la autocontemplación desnuda en las duchas (ella imaginaba el agua obtenida en abundancia, como ricas vituallas y alimentos) y luego, con las máquinas mismas, especialmente la perforadora de metales, que se transforma en un potente Eros. La máquina posee a Juana y la destroza en su única cópula mortal, a la cual ella se entrega plenamente.

Extraña visión también la «cibernética» de la autora, plena de ironía, porque Elena indudablemente sabía (como hija del historiador de la ciencia Arturo Aldunate Phillips) que ahí no había cibernética sino a lo más electrónica, mecanismos elementales, primitivos. La transformación la realiza ella entregándose a la posesión/violación por parte del mecanismo «humanizado».

Es ésta una perturbadora o inquietante historia donde la dupla Eros/Tánatos se consuma en un escenario desolador, el de la muerte anunciada de la tierra, la tiranía del hierro del Kali Yuga, materializada en una forma in/humana como amante, trasgo, demonio.

«Juana y la Cibernética» nos ilustra la maestría de Elena Aldunate, en una narración que explota al final, con la comedia opaca de la vida mutándose en la tragedia luminosa de la muerte.

Isla Negra, agosto 2008.

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