“La hormiga eléctrica”de Philip K. Dick y “Las ruinas circulares” de Jorge Luis Borges: dos rostros hacia una nueva visión de la Literatura Fantástica. (Parte I)

Por Juan Manuel Silva Barandica | Publicado el 5 de noviembre del 2007 | 5

“La hormiga eléctrica”de Philip K. Dick y “Las ruinas circulares” de Jorge Luis Borges: dos rostros hacia una nueva visión de la Literatura Fantástica. (Parte I)

La literatura fantástica se nutrió del romanticismo y del avance científico: la fe y el escepticismo. Entre estos dos pilares, la duda y el extrañamiento, fueron las experiencias de lectores influenciados por una intencionalidad evidente de los productores del discurso. Por esto, considerar que un género vivirá en una eterna mimesis a sí mismo, implicaría la posibilidad de que aún pudiera haber un género épico. Si bien existen rasgos épicos en literaturas contemporáneas, la raíz del género, sus características históricas, reclaman una pureza definida temporal y espacialmente en un antaño lejano. Por consiguiente, ogaño, la literatura fantástica no podría ser considerada de la misma manera. Llamar genéricamente fantástica a una literatura actual, no sería más que situar a lo fantástico como género teórico, situación que dista de la realidad práctica. A causa de esto, pretendo mostrar en dos cuentos: «La hormiga eléctrica» de Philip Kindred Dick y «Las ruinas circulares» de Jorge Luis Borges, la evolución o contaminación del género fantástico en busca de exponer la nueva representación de lo sobrenatural o inexplicable. Asimismo, los cuentos escogidos, responden respectivamente, al género de la ciencia ficción y, según el mismo Borges, al género del cuento fantástico. Ahora bien, la idea central, es demostrar que ambos cuentos de similar temática y objetivo, prefiguran, desde distintos sitiales genéricos, temporales y espaciales, una nueva forma de comprender lo fantástico espurio, una nueva forma de representar y un nuevo horizonte de vacilación e incertidumbre en el espacio del lector.

La hormiga eléctrica (1969)[1]

En este cuento «La hormiga eléctrica» escrito en 1969, desarrolla una forma narrativa básica, con un narrador en tercera persona omnisciente (extra-homodiegético) que se focaliza externamente al relato, y en el que el estilo varía entre el directo e indirecto, primando el directo. La historia trata de un sujeto llamado Garson Poole que despierta en un hospital después de un accidente, dándose cuenta de que le falta una mano y que no siente dolor alguno. Acto seguido le informan que no es humano, sino que una «hormiga eléctrica», nombre referido a un tipo de robot mitad máquina, mitad orgánico. Luego de esto, se da cuenta de que su empleo como gerente de una empresa de armas, no había sido más que una ilusión, y que los dueños reales estaban en continuas vacaciones mientras él hacía el trabajo duro. En ese punto comienza a dudar acerca de sus propias certezas, puesto que le habían contado que su programación le impedía darse cuenta de que era un robot. En su búsqueda del circuito que coercía su posibilidad de darse cuenta, acude a una suerte de oráculo pagado computarizado, en el que le indican que en su pecho, junto al corazón, tiene un pequeño rollo de cinta, como la cinta de una pianola, que ordena el decurso de su realidad; conocimiento que anula la posibilidad de la programación. Sabiendo de la existencia del dispositivo que crea la realidad, comienza, en su desesperación, a jugar haciéndole agujeros y modificándolo, evento que causa que experimente una alteración en su percepción de la realidad: desaparecen cosas, aparecen otras. Así, conciente de estar en control de la realidad ( la suya y quizá, gracias a la intuición, la de los demás), cambió nuevamente algunas disposiciones de la cinta, suceso que condicionó su propia desaparición ( después de unas horas) al punto de casi morir. Después de ser revivido por los técnicos, intenta nuevamente alterar la cinta, pero esta vez cortándola. De este modo, poco a poco se fue desvaneciendo, hasta llegar a una iluminación en la que todo el mundo y el universo estuvieron sobrepuestos en un instante, momento en el que comprueba su teoría de una otra realidad, para luego fallecer. Luego de la muerte, la mujer que lo acompañaba y un compañero de trabajo se alivian por su deceso, apelando al estorbo en el que se había convertido. Cuando la mujer queda sola en el cuarto, comienza a ver que su cuerpo y la misma habitación desaparecen, hasta que al fin sólo queda el viento soplando afuera.

En torno a lo fantástico, según Callois no sería ciencia ficción pura, ni un planteamiento de una amenaza del progreso humano. Además, tampoco alcanzaría el logro de lo fantástico puro, pues no partiría de una realidad sino de un futuro indeterminado. Entonces ¿de dónde proviene el desconcierto que provoca la lectura del cuento? Si el cuento no trata de una sociedad superior y completamente escéptica, sino una en la cual el robot es, incluso, más humano que los humanos, padeciendo la incertidumbre, el descontento y la frustración de una vida simulada, el presupuesto de un mundo otro futuro que acometería contra el sujeto rajando el velo de la tranquilidad racional, no es posible en este cuento. Por otro lado, para Todorov, el hecho que en el enunciado la narración sea en tercera persona omnisciente y la focalización sea externa, así como también prime el pretérito definido o perfecto y no hayan figuras retóricas tomadas al pie de la letra, desbaratan ese nivel analítico. En el plano sintáctico, se cumplen a cabalidad, la brevedad, la intensidad, la esencialidad y la irreversibilidad de la lectura, así también una búsqueda de efecto. De la misma forma, el efecto fruto de una lectura pasiva del cuento, sume al lector en una vacilación, pero una vacilación que pareciera ir más allá. Finalmente en los temas y el esquema de ellos, todos los niveles se verían destruidos neguentrópicamente gracias al fin. Así el tema de la percepción de la realidad en el sujeto, es una temática no literaria ficcionalizada en la narración. Quizá el único rasgo temático de lo fantástico puro sea un alcance al Golem. Mientras el Golem es un estado larvario de la creación adánica (según una leyenda judía Dios habría creado 100.000 hombres antes de llegar a Adán), una suerte de eslabón perdido entre el animal y el hombre, hay otras fuentes que hablan de él como un ser hecho de palabras, o bien un ser conjurado por invocación por un rabino. Analogías hay, así como puntos de encuentro entre un Golem y un Frankenstein, pero salvando las distancias, el Golem adánico sería de tierra pura, secado al fuego, soplado con el aliento vital, pero un hálito que no lo llevaría más que a un punto intermedio, nunca a la armonía de un alma viva (nefesh), espiritual (ruah) y conciente (neshamah). Por otro lado, la inteligencia divina y el soplo, serían trastocados por la ciencia, al punto de crear un ser similar al hombre, pero inferior a él. En el caso del rabí (o mago), la creación de un Golem para cumplir labores domésticas, no escaparía a una labor de artesanía. Mientras Dios construye montañas, el hombre construye vasijas: tal es la diferencia.

Suspendiendo la divagación acerca de lo fantástico, el cuento mismo puede responder algunas dudas. En primer lugar, el mundo físico es Nueva York, mientras que el tiempo es futuro e incierto. El paso del tiempo en Nueva York, hacen que el espacio, así como ciertas marcas: » Señor Garson Poole, dueño de Electrónicas TriPlan. Constructor de dardos identados que rastrean su presa en un radio de mil millas, respondiendo a un dibujo ondulado único[2]. También el hecho de que sea un robot orgánico, así como el que le hayan «arreglado» la mano, son razones para pensar que la realidad no es verosímil. Ahora, si bien la realidad no es verosímil, la causalidad del mundo lo es. La ciencia ficción, como historia probable del futuro, corrobora dicha tesis. Además, el que Garson sea un robot, y no actúe como robot, sino que como un hombre, ubica a lo real o el punto de partida de la realidad del cuento, con la verosimilitud de la causalidad. En segundo lugar, el que Garson tenga una duda acerca de su propia existencia » El brillo de agonizante luz le gustó. Todavía no ha muerto, pensó. Ni yo tampoco[3], lo transforma en un sujeto de alta complejidad. Ahora bien, el sujeto «cree» ser humano, y es esa creencia la que lo lleva a cuestionarse el sustrato de lo real. Pues descubre que en él, la realidad no es más que fe. En ese trance está, cuando solapadamente le dice el técnico que lo reparó: «-¿Sabe por qué jamás lo sospechó? De vez en cuando, debió de haber chasquidos y chirridos en su interior. Pero usted no lo sospechó porque está programado para no observarlo. Ahora tendrá la misma dificultad para descubrir por qué le construyeron y para quién ha estado funcionando[4]. Y es desde este diálogo, que la búsqueda del sujeto es la del por qué y quién lo dirige. Esta pregunta que pareciera apuntar a su rol de robot, va más allá, pues supone de forma latente, la pregunta acerca de su existencia y la figura de su creador, ideas que, según parece, serían únicamente reservadas a los seres humanos. De esta forma, el ser artificial, creado por el hombre, posee, misteriosamente, características del humano más elevado, pareciendo estar poseído por algún tipo de inteligencia supraterrena. Así, en el corazón, símbolo del centro del mundo se halla la cinta que articula su realidad:»«He de ir despacio -se dijo-. ¿Qué trato de hacer? ¿Desviar mi programa? La computadora no encontró circuito de programación. ¿Debo intervenir en la cinta de la realidad? Y en tal caso, ¿por qué?».

«Porque si la controlo -se contestó-, controlaré la realidad. Al menos, en lo que a mí respecta. Mi realidad subjetiva…, pero esto no es todo. La realidad objetiva es un constructor sintético, que trata con la universalización hipotética de una multitud de realidades subjetivas» (…)

«Con esto, no sólo conseguiría el control de mí mismo sino el control de todo».

«Y esto me separa de cualquier ser humano que haya vivido y muerto» -añadió sombríamente[5]

Descubre, pues, que no hay programación sobre él, y que todo lo que ha sido ilusión: su vida, tiene un revés insospechado, la posibilidad de tomar control sobre su realidad, de operar por sobre todas las realidades concentradas en su experiencia. Por esto, la serie de experimentos que realiza con su dispositivo de realidad, no son más que un revelarse contra una ilusión, un simulacro del que fue parte; es, fundamentalmente, reb(v)elarse contra lo creado: sí mismo y su creador. En ese sentido, la búsqueda de Garson está enfocada en: «una realidad última y absoluta durante un microsegundo. Después ya nada importará, porque lo sabré todo; nada quedará sin entender o ver»»[6]. Y es esta búsqueda la que lo lleva a cortar la cinta del corazón, el lazo con la realidad, su centro, para acceder a la unicidad con una realidad trascendente, que intuye, pero no puede comprobar. Entonces sobreviene el instante del «Aleph»: «Vio manzanas, piedras y cebras. Sintió calor, la sedosa finura de la tela; sintió un océano que saltaba hacia él, y un gran vendaval del Norte, que lo empujaba, como llevándole a alguna parte. Sarah estaba a su alrededor, lo mismo que Danceman; Nueva York brillaba en la noche, y los cohetes le rodeaban y volaban por el cielo nocturno y de día, flotando, hundiéndose. La mantequilla se hizo líquida en su lengua, y al mismo tiempo, fétidos olores y sabores le asaltaron; la amarga presencia de venenos, limones y hojas de hierbas de verano. Se ahogaba; cayó; yacía ya en brazos de una mujer en un enorme lecho que al mismo tiempo canturreaba en su oído; el ruido de un ascensor defectuoso en uno los antiguos y arruinados hoteles de la ciudad.

«Estoy viviendo -pensó-. Ya he vivido, jamás volveré a vivir»»[7].

Ese es el momento en el que se reb(v)ela la realidad subyacente, cuando decide quitarse la realidad depositada sobre él. Entonces es el despertar, la vida real, el instante de tránsito hacia la unión con el más allá, el espacio de lo fantástico que raja la verosimilitud causal de que la realidad es objetiva. Es el punto en que la realidad se subjetiviza hasta volverse total, concentrando la experiencia del círculo en el punto, el símbolo en lo simbolizado. Así, todo el mundo de su experiencia se va con él en el despertar a la ilusión y el simulacro de la vida enajenada; el sueño de ser una «hormiga», esa constante duda acerca de si todo es real o no, de si se está vivo o muerto, de quién y por qué es su creador, se disipan en un viento que sigue soplando, un aliento que vuela sobre el abismo. Y es que la «hormiga» ha despertado de su sueño futuro, para recordar su divinidad interna, aquel aliento subyacente a su existencia, que niega causalmente, que haya podido ser creado por humanos. Es el despertar a su humanidad el fin del sueño.


[1] Philip K. Dick: «La hormiga eléctrica» en página web : http://www.ctv.es/USERS/diaspar/Bibliotec/Somelier/home.html[2] Philip K. Dick: «La hormiga eléctrica» Op.Cit.[3] Ibíd.[4] Ibíd.[5] Ibíd.[6] Ibíd.[7] Ibíd.

5 respuestas a ““La hormiga eléctrica”de Philip K. Dick y “Las ruinas circulares” de Jorge Luis Borges: dos rostros hacia una nueva visión de la Literatura Fantástica. (Parte I)”
  1. veronica dice:

    excelente

  2. […] + ¿Qué tienen en común Philip K. Dick y Jorge Luis Borges? Ambos renovaron nuestra visión de la Literatura Fantástica. Así lo afirma Juan Manuel Silva Barandita. […]

  3. marta dice:

    cuales son las caracteristicas de la literatura de Philip K. Dick?

  4. zulema navarrete barandica dice:

    Zulema dice, como contactarse con juan manuel barandica

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