“Ygdrasil” de Jorge Baradit: Una anomalía saludable

Por Marcelo Novoa | Publicado el 15 de agosto del 2005 | ~

“Ygdrasil” de Jorge Baradit: Una anomalía saludable

Cada vez que abrimos la boca nos sale una crítica. Será por nuestra condición tercermundista, sumada a cierta tara finisecular de haber nacido de cara al culo del mundo, puede ser. Pues clamamos en el desierto de las publicaciones locales, soñando con temporales de títulos y autores. ¿Pero es tan así? Si nos interrogarán: ¿por qué no se lee ciencia ficción chilena? Nuestra respuesta de antemano será: porque no se publica buena cf en nuestro país. Vuelvo a insistir ¿no serán otras las razones para seguir aislados? Veamos.

Ahora que Nova (la Minotauro del XXI, dicen) publicó «Ygdrasil», la ópera prima de Jorge Baradit, casi un perfecto desconocido entre los lectores, no así del fándom santiaguino, pues participó de sus talleres, colaboró con fanzines y hoy resulta ser cabeza de playa del esperado desembarco de otras plumas made in Chile. Calma. Ni tanto ni tan poco. Los méritos de sobra de esta novela que analizaremos brevemente, abren una interrogante sobre el verdadero revés de la trama: la incapacidad endémica de los cultores de ciencia ficción en Chile (léase lectores, escritores y fanáticos) para autoreconocerse en sus diferencias y desde allí, coordinar esfuerzos de supervivencia colectiva.

Cada vez que revelo mi interés por la ciencia ficción en ámbitos literarios fronterizos (y bastante afines, si se mira bien) como la poesía y la narrativa no-comercial, las suspicacias infundadas (soy infantil, evasivo, descomprometido, + largo etcétera conocido por todos) hacen que tal burla solapada acalle cualquier posibilidad de coexistencia pacífica. Entonces, qué pasa entre cultores del mismo género, de por sí parias para el resto, verdaderos apátridas en un territorio sin patriarcas. ¿No estaremos repitiendo sin enmendar las taras ancestrales del artista patrio, como son el chaqueteo, el ninguneo y la dañina indiferencia que mal esconde envidia pura?

Por ello, hablar de «Ygdrasil» es colocar las cosas en un lugar equidistante. Ni la mejor novela de ciencia ficción chilena, ni tampoco, la más mala. Más bien, un interesante representante del cross-over entre vanguardia y ciencia ficción. Tal como fueron en su minuto Burroughs, Ballard o Jodorowsky, ojo, sin ánimo de compararles, sino colocándoles en una interzona común, donde las fronteras son borrosas per se. ¿Entonces, qué corresponde al surrealismo o dadaísmo y qué a la cf dura en esos escritos inclasificables? ¿Cuánto de cyberpunk de tercera generación, entresacado de mangas ultraviolentos y cine coreano actual, podemos reconocer en esta obra de Baradit? La respuesta es la novela misma: un tapiz bordado con hilos alucinógenos que marean sin fastidiar; un cóctel de aventuras y esoterismo, un pastiche tan bien hecho, que inclusive podemos reconocernos en este delirante realismo mágico postnuclear. Cyberchamanismo que le dicen… Posmodernidad, eclecticismo y mucho más.

Ahora ustedes pensarán, claro, son amigos y por eso se palmotean las espaldas mutuamente. No es tan así, aunque nos hemos visto, cierto, pero más bien como esos animales nocturnos que se cruzan en un claro del bosque y se reconocen y luego siguen en sus propios asuntos. Y de eso quería hablar en esta ocasión. De la falta de reconocimiento entre pares, un elogio nacido de la ausencia de temor por la llegada de nuevos comensales a la mesa hace tanto servida (desde 1865, Verne dixit…) O sea, quejarse por la invasión del mezquino espacio en el atestado mundillo cf. Cuando la verdad, éste se construye a medida que avanzamos, con cada acto creador y no la inmovilidad envidiosa o resentida de quien nunca se atrevió a dar ese preciso paso, pero ahí está siempre para criticar la trayectoria ajena. Hoy, será Baradit y su novela, que ciertamente no es ciencia ficción (¿pero claro, según quién? según aquel que en su ceguera sólo ve de la ciencia ficción lo que taimadamente le interesa ver a él de la misma). Así, no me interesa jugar con tales compañeros de juego.

Y por cierto que es una anomalía en toda la línea. Como Bradbury demasiado poeta para la cf dura, o más cerca, Juan Emar, inclasificable aún para sus amigos visionarios como el mismo Huidobro. Ojo, otra vez, no estoy comparando la calidad de Baradit con la de estos monstruos. Sino que simplemente estoy clamando por un minuto de confianza hacia lo nuestro, aquello que está pasando delante de nuestras narices. ¿Cuándo -en toda la oscura historia de la ciencia ficción chilena- una novela nuestra había estado en el mesón de los best sellers y no en el rincón perdido habitual que las librerías destinan al género? Nunca. Y ahora está pasando. Es anormal, pero increíblemente sano para el postergado florecimiento de una literatura por siempre marginal. Cuidado, no nos vaya a pasar que entre tantísimo lector archidocumentado, entre hordas de fanáticos hiperespecializados, entre unos pocos coleccionistas ultrasofisticados, la sencillez de la propuesta punkoide de Baradit («no lean más cifi gringa, háganla ustedes mismos») no pase de ser un alarde de snobismo. Y no nos percatemos del gesto oculto, esa puerta abierta sólo un poco, donde colar las nuevas-viejas propuestas de la cf criolla. Por ello, creo firmemente que al saludar con estas morosas líneas (enemigas) aporto a la evolución del género. Pues cada paso que nos acerque a ustedes, escasos lectores aislados -que nos leen allá afuera, inocentes incluso, de tanta intriga palaciega- son pasos dados en la dirección correcta.

Comenta este artículo: