Acerca de «Alguien mora en el viento» de Hugo Correa

Por Sergio Meier Frei | Publicado el 15 de octubre del 2005 | ~

Fragmento de portada: "Cuando Pilato se opuso" - Hugo Correa

A mediados del siglo XX, Hugo Correa cometió un imperdonable pecado: el de convertirse en escritor de ciencia ficción en Chile, lo que es similar a serlo en Pakistán o Zimbabwe. Es decir, un tercermundista condenado a la inexistencia, por carecer de toda posible influencia en la hegemonía cultural de la lengua inglesa.

Sin embargo, aún conciente de su «privilegiada» situación, Correa se atrevió, en un acto decididamente revolucionario, a tomar la pluma para crear una serie de relatos y hasta de novelas que se equipararan con el nivel más exigente del género. Junto a interesantes obras en que, como el caso de «Los Altísimos» (1959), se adelanta a la trama del clásico «Mundo Anillo» (1971), de Larry Niven, o «Los Títeres» (1969), donde como Dick, tabaja el tema de los «replicantes» en sus implicaciones sociológicas, destacan varios de sus relatos, que tuvieron la proeza de romper con los límites de nuestra cordillera, para ser publicados en dos de las revistas más famosas y especializadas del mundo (nos referimos a las míticas «The Magazine of Fantasy & Science Fiction» en E.E.U.U. y «Nueva Dimensión», en España).

De entre todos sus imaginativos relatos, consideramos notable uno en particular, «Alguien mora en el viento», acreedor del premio «Alerce» de la Universidad de Chile en l959.
Su original trama transcurre en un extraordinario planeta, barrido constantemente por fragorosas nubes blancas y negras, una especie de ominoso Júpiter fuera de nuestro sistema solar, y en el que varias expediciones terrestres han naufragado, sin volverse jamás a saber de ellas. Otra nueva astronave ha sido atrapada por la gravedad del dantesco planeta y en su intento de escape son elegidos al azar tres tripulantes, para ser sacrificados arrojándolos en pequeñas cápsulas. Curiosamente, los nombres de los elegidos (Igor, Bob y Pedro) parecen hacer alusión a un ruso, a un norteamericano y a un chileno, lo que se confirma por el carácter más soberbio de los primeros y el más resignado del último, quién se conforta con los recuerdos nostálgicos de su hogar, en un país del sur donde en invierno la madera de eucaliptos arde en la chimenea.

Más adelante descubriremos (y he aquí lo interesante) que como en el océano oleaginoso del orbe de «Solaris»(1961), de Stanislav Lem, existe una inteligencia invisible, latente entre las corrientes de nubes tormentosas.

Igor, al parecer, es el primero en morir, al chocar contra la superficie del planeta. De Bob, luego de maldecir su suerte, se pierde todo contacto, quedando sólo Pedro en vertiginosa caída entre las salvajes corrientes. Sin embargo, el destino lo hace aterrizar en una «nube-isla» de apariencia biológica, similar a los millones de detritos que giran en el aire («Todo cuanto lo rodeaba no era sino la atmósfera del planeta que arrastraba en sus entrañas una fauna vegetal y tal vez animal, liviana y sutil, como los gelatinosos cuerpos marinos»).

Para su sorpresa, Pedro ve su cápsula hundirse en la oscura isla, temiendo ser absorbido cuál Jonás por alguna ballena extraterrestre. Pronto descubre estar en el interior de una galería con gruesas y suaves paredes, con una atmósfera respirable y que le conduce (como en un descenso al país de las hadas) por una senda cubierta por diversos hongos hacia una enorme gruta interior, donde encontrará a una hermosa joven que le espera bajo un pequeño sol artificial y junto a una laguna bordeada por singulares vegetales.
La joven, que es descendiente de cierta expedición perdida, y de la que ya no quedan más sobrevivientes, le acoge en ese oasis subterráneo, haciendo sentir a Pedro casi como Adán en un nuevo Jardín del Edén.

Portada de “Alguien mora en el viento”, obra de Hugo Correa.

Portada de “Alguien mora en el viento”, obra de Hugo Correa.

Si quisiéramos aplicar el psicoanálisis a la obra, encontraríamos obvios simbolismos, tanto en la elección de los personajes (nuestra resentida posición frente a las superpotencias del mundo y el afán por superarlas), el enorme planeta de vientos huracanados (las pulsiones destructivas, la sociedad que parece querer arrancarnos el control de nuestra vida), aquella «nube-isla» (que acoge al protagonista como si del útero protector de la madre, o de la mente, se tratase) y esa joven que representa, en su inocente y desprejuiciada libertad, a la triada arquetípica de virgen-madre-prostituta…
Sin duda, el momento más alucinante y poético de la historia se nos ofrece cuando, tras ella revelarle la existencia de una razón oculta tras los vientos, y que les mantendrá eternamente jóvenes, invita al protagonista a volar a través del planeta, sirviéndose de una ruta segura por entre la vorágine de las corrientes. La belleza descriptiva de aquél viaje alcanza inusuales cimas de imaginación:

«La luz permitía ver el paisaje, a través de una cortina vaporosa bordada con figuras que se debatían… Ciclópeas flores, con pétalos, estambres y pistilos, tenues y transparentes como los celentéreos, deslizábanse con lentos y armoniosos movimientos. Las plantas absorbían agua y alimentos mediante las raíces filamentosas que en grandes racimos pendían bajo ellas. Los océanos, transformados en neblina, viajaban por la atmósfera llevando consigo un millón de cuerpos distintos; los seres animados -sutiles y livianas formas- también giraban en el interior del huracán. Sólo allí existía calma para vivir, para reproducirse, para morir. Cerca de tierra firme corrían el riesgo de estrellarse y deshacerse contra el suelo. A veces los minerales en polvo coloreaban la corriente con tonalidades que degradaban lentas. Como en el interior de una arteria atestada de translúcidos glóbulos en rotación. O dentro de una tubería de oro etéreo que, a lo lejos, cambiara de color».
Ella le indica que hay que cuidarse de las corrientes oscuras, porque «arrastran objetos de gran tamaño y peso, que podrían destrozarte en un santiamén. Ahí están los restos de los naufragios; nubes de piedras y arena que, desde los primeros tiempos, son arrastrados por el viento. Y también hay muertos. Todo lo que deja de existir en las corrientes blancas es expulsado a esos torbellinos. Son verdaderos cementerios. Los tripulantes de las astronaves terrestres que han caído en el planeta flotan en esas ráfagas…»

Al regreso encuentran a Bob, que ha llegado tras muchas peripecias al jardín interior, y que ante el feliz recibimiento de Pedro, no hará más que enrostrarle lo inmerecida de su suerte, por haber encontrado primero aquél oasis y aquella mujer, que deseará poseer sexualmente.
El arrogante Bob, contra el humilde Pedro, parecerá rápidamente hacerse del mando, seduciendo incluso a la joven de la que el protagonista había empezado a enamorarse.
Más, poco a poco va quedando en claro el sentido moral de la historia, la dialéctica sugerida por las corrientes blancas y negras, las corrientes de vida y de muerte, del bien y del mal… Un planeta que acoge y premia a los humildes y nobles, pero que desprecia y castiga a los soberbios, egoístas y ambiciosos.
Insistimos, nos recuerda en cierto grado a «Solaris», sólo que «Alguien mora en el viento» es al menos dos años anterior. ¿Acaso no se tratará del intento del planeta por comunicarse? ¿No será el mismo subconsciente de los protagonistas lo que decide su destino?…

No revelaremos el final de la historia, que esperamos el lector tenga a bien disfrutar como nosotros. Sólo diremos que hasta hoy en día no ha envejecido un ápice, en cuanto a forma y fondo. Para el ojo avizor, una historia religiosa, moral y hasta política, que nos demuestra la humanidad y sabiduría de Hugo Correa , quién además podrá ser comparado con Bradbury, Clarke, Aldiss o Ballard, pero que incuestionablemente es original, latinoamericano, y siempre un ejemplo de las posibilidades literarias de la ciencia ficción.

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