Armando Menedín y sus metáforas del futuro (Primera Parte)
Menedín me acogió en su selecto (extraordinario, diría) grupo donde estaban Guillermo y Waldo Atías, el doctor Luis Strozzi, Eduardo “Chico” Molina Ventura, Luisa Johnson, Panchita Ossandón, Julio Molina, José Miguel Vicuña, la nunca demasiado ponderada Esther Matte -uno de los seres más generosos y bondadosos que nunca haya conocido- y sobre todo Rosamel del Valle y su esposa Thérèse Dulac, encuentro que marcó mi vida para siempre. Era un grupo donde no existían las bajezas ni la envidia, aunque esto sea algo casi inconcebible al presente, cuando la sociedad neoliberal y su salvaje explotación del hombre y del planeta parecen haber secado hasta los corazones de los “hombres de letras”, que ahora sólo son eslabones productores de cosas vendibles que por extraña casualidad llevan la forma de libros.
Pese a los defectos estilísticos y a veces gramaticales de la prosa de AM, o frases disparatadas (que incluso resultan hallazgos jocosos) como “el áspid de una serpiente” (LCM,64) o “una muchacha de pechos fornidos” (LCM, 78) apreciables a una lectura atenta (su imaginación desbordaba ampliamente a su técnica, pero ello ocurre hasta con nuestro admiradísimo Lovecraft, cuyo inglés era farragoso y repetitivo) la narrativa fantacientífica y fantasocial de AM nos remite a un mundo ya desaparecido que metaforiza menos al laberinto o espejismo del futuro -imaginado como un jardín cósmico tan fascinante como aterrador, y situado al alcance de las manos humanas- al mismo tiempo presente en su escritura, que solicitaba el maná del futuro y sus enigmas sin poder alcanzarlo ni tampoco asimilarlo.
A casi treinta años de su muerte, AM nos da la lección de ser un artista polifacético, marionetista y escritor por pasión, uniendo a ésta su labor de editor generoso que sólo tenía el metro de la calidad en el momento de publicar. Su obra más singular fue precisamente las tres series de la colección: El viento en la llama, que perviven en el tiempo y el espacio.[i]
Antes de establecerse en Chile y dedicarse a sus novelas de ciencia ficción y editar la colección El viento en la llama, Menedín trabajó como director teatral, tanto en Argentina como en Perú, labor que luego continuó en nuestro país como responsable del teatro infantil del Ministerio de Educación. “Alicia ya no sueña” es una obra que obtuvo el Premio Gabriela Mistral, que escribió en colaboración con el surrealista chileno Teófilo Cid y que fue estrenada en 1961.













Cargando


amigos crononautas: gracias por la linda presentación que tiene esta primera parte, con las portadas y la foto personal.
Con todo mi afecto, HCG