Hugo Correa: Escritor de los infiernos personales Comentario sobre la novela “Donde acecha la Serpiente”

El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir”
Marcel Proust
Existe una deuda con la obra fantástica de Hugo Correa. Siempre nombrado como el progenitor de la ciencia ficción contemporánea chilena, la mayoría de nosotros solo alcanza a nombrar Los Altísimos (1959) (si es que la hemos leído), desconociendo que su obra se expande en libros de relatos, novelas y artículos de no-ficción que conforman un buen cuerpo literario, que abarcan la divulgación científica, la narrativa de terror y la política-ficción.
Buscando comentarios sobre su obra en Internet, uno se da cuenta que existe un consenso de facto sobre su importancia en este género, incluso a nivel latinoamericano, sin que existan estudios que lo avalen. Lo anterior, lejos de ser una crítica a este autor lo es a la gente que lo ha levantado como meta en el género fantástico nacional. No existen en estos momentos, en castellano, ensayos que desguasen sus libros para ver cómo funcionan por dentro y por qué la fama que los precede. Al parecer Correa apareció en un verdadero desierto con una propuesta muy adelantada para su época (Los Altísimos) que inició la “Edad de Oro” de la ciencia ficción en Chile. Y de todo aquello que produjo esta era da la casualidad que la calidad está concentrada en relatos de su autoría como “Alguien mora en el viento” (1959), Los Títeres (1969), la colección Cuando Pilato se opuso (1971), y su obra maestra ya nombrada. Quien haya leído el relato sobre el mundo de Cronn podrá reconocer la validez de una narración ambiciosa y compleja, que llena las expectativas de los amantes de la ciencia ficción pura, y que a la vez funciona como una fábula sobre el marxismo. Quien haya disfrutado “Alguien mora en el viento” podría haber reconocido al típico triángulo amoroso con una vuelta de tuerca, para desembocar en un misterio cuasi religioso en un planeta con entidades invisibles y superiores al humano. Entonces no es difícil suponer que el boca a boca, o las breves reseñas aparecidas en diarios y revistas, hayan construido esta imagen de prócer nacional. ¿O no? Es una tesis demasiado esquemática como para explicar las sucesivas traducciones a otros idiomas, y la eventual publicación de uno de sus cuentos en la mejor revista de ciencia ficción del mundo en aquel tiempo, tal cual era The Magazine of Fantasy and Science Fiction (1962). Los chilenos estamos acostumbrados al mito, a que se nos cuente una hipérbole de la realidad y quedarnos con eso tan complaciente. Faltan más palabras sobre Hugo Correa, sinceridades y ojos críticos que descorran el velo sobre su verdadera dimensión, así sea tanto si disminuye su estatura o se aumente.
La novela que ocupa este artículo se entronca en la parte final de su producción, y también la de menor tenor. La historia de Donde acecha la Serpiente (1988) remite a las tradiciones sobre el mal cristiano que tanto gusta retratar Correa. Otra vez encontramos lo telúrico, las tradiciones sobre el Diablo del campo chileno, esta vez transpuesto al ámbito urbano que, por lo demás, va a resultar un paisaje muy conocido para la mayoría de los lectores nacionales. La trama comienza y termina en el Gran Santiago, trata sobre gente que encontramos todos los días en la calle, pero que estará expuesta a una telaraña de hechos fantásticos cuando menos lo espera. Es ésta la gran fuerza de la narrativa de Correa, partir de la base de lo cotidiano, adormecer al lector contándole la vida de unos personajes que no son más que estatuas representativas de su época, para luego introducir la discordia del fantástico, cada vez más a fondo.

Portada de "Donde acecha la Serpiente" (Ediciones Occidente, Colección Narrativa Actual, 1988), obra de Hugo Correa.
Eduardo Guzmán es un hombre en la medianía de edad que se ha acostumbrado a no esperar nada más que la estabilidad de su trabajo y la mediocridad de un hogar. Sus ansias frustradas están muy bien controladas porque ha comprendido que la vida es algo que les pasa a otros. Su esposa lo calla y soporta todo por mantener la unidad de su familia, aunque quisiera que su marido fuera algo más ambicioso, pero también ella ha entrado en el juego de la aceptación de su entorno. Eduardo, como todo hombre pasivo, es un buen hijo que tolera las tediosas conversaciones de su madre, en tránsito desde y hacia la misa vespertina, menudencias de veterana venida a más de Providencia que no tiene otro tema que el pasado y los vecinos. En tal circunstancia, en una de aquellas misas, aparece una mujer con aire misterioso acompañado de un chivo negro y amenazador. A diferencia de la feligresía, el hombre aparece atraído hacia ella en función del pasado propio. La mujer se retira altiva, despreciativa hacia los íconos católicos, dejando en Eduardo una profunda turbación. Posteriormente a una intensa cita a ciegas, esta mujer se presentará como Jessie Levi de Messina, muy liberal, que ha llegado a Chile acompañando a su marido en cuestiones de negocios. No obstante, en el hombre aflora el recuerdo de Lila Nazir, que es la viva imagen de esta Jessie, pero con más de treinta años de diferencia. Es así cómo el personaje, sin que el autor lo quiera ocultar, ve invadido su mundo por esta encarnación del súcubo Lilith, para provocar su lenta pero inexorable caída según las viejas artimañas del Diablo.
De aquí en más, la acción visita el pasado de Eduardo, en el inicio de su pubertad, que se concentra en cómo el joven, proveniente de una familia de buena ascendencia pero en desgracia, conoce a sus vecinas las Nazir y es iniciado en las artes amatorias, a la vez que ellas agrietan su educación cristiana con dudas bien planteadas. En el juego de doble tiempo, las mentiras van urdiendo un tejido sutil alrededor del hombre, que le impide escapar intacto y dejará profundas consecuencias. Realmente el escritor no cuenta una historia sino dos, una doble caída.
Correa tiene sus temas bien acotados dentro de su obra. La reflexión sobre la condición humana es uno de ellos. Frente a fuerzas muy superiores a la humanidad, que la conocen bien, los personajes son meros muñecos cuya voluntad es tele- o redirigida. Por otro lado, las entidades supremas siempre son incomprensibles, místicas e inalcanzables, que no obstante se desviven por poseer el alma humana. Para el caso, aunque nunca queda claro lo que está en juego, la demolición de la personalidad del personaje es sistemática y despiadada, siguiendo un plan diabólico que dura toda la vida de Eduardo.
Aquí también está presente el recurrente inicio de las novelas de Correa con un hombre gris, de poca voluntad y lleno de inseguridades, que es expulsado de su monótona pero segura vida para ser lanzado a una hoguera de nuevas sensaciones. Los hechos violentos y seductores invaden su realidad con poca oposición por su parte, principalmente porque se desea la caída. Por tanto las tentaciones del diablo de turno son meras excusas para internarse en el más oscuro de los mundos. En Eduardo, Lilith no es tan culpable como su inmensa hambre de deseo material, sometido siempre a la férrea lógica de una existencia desprovista de éxito.
La religión es otro gran articulador. Está presente en sus múltiples formas, incluso en las definiciones demoníacas. Cruzando toda la obra de Hugo Correa el misterio religioso se impone a los personajes y escenas, mediante el reconocimiento de niveles sobrehumanos y la imposibilidad de huir de su influencia. El más claro ejemplo es la fallida Los Ojos del Diablo (1972), en donde Correa toma toda la tradición del animismo del campo chileno para armar un comentario sobre la superstición y cómo se expande en las comunidades aisladas. En Donde acecha la Serpiente, Eduardo es un hombre con una fe adormecida por la rutina, que luego es puesta en tela de juicio con la más variada oferta de tentaciones carnales, lo que da pábulo al autor para demostrar su erudición en temas religiosos. Los símbolos aparecen en cada página del libro, lo que es un plus, otorgándole parte de su fuerza y encanto. Desde el macho cabrío, imagen inequívoca del Demonio, montándose a las súcubos, hasta la manifestación natural de los ángeles guardianes, asistimos a una definición del cristianismo en un estado puro, primitivo, que se remonta hasta antes de la llegada de Cristo, en una lucha contra el mal que se extenderá hasta después de que lo humano pierda su sentido.
También hay un claro comentario social y político, que bien puede verse como una declaración del escritor y también parte de la definición del personaje principal. El entorno de Eduardo corresponde a un estrato social de orientación derechista, si bien no onerosa tampoco popular, que nació en sectores del Gran Santiago como Ñuñoa, en los 1950’s. Perteneciente a esta clase media fuertemente católica y conservadora, trabajadora y arribista, la familia de Eduardo no tiene buena fortuna yendo y viniendo de sectores a los que se considera como modestos y pasajeros: una quinta en Macul, por ejemplo. Ya crecido, Eduardo elige seguir la misma vida reprimida y gris de su padre, con pocas alturas y mucho de remordimiento, moviéndose en un ambiente en donde la religión, la rutina y la esperanza de un mejor futuro económico reafirman su vida, en las calles bulliciosas de Providencia. En las antípodas, la mujer que encarna el mal se entremezcla en continuas tramas con subversivos de izquierda -no olvidemos que la novela está escrita en 1988, durante el régimen militar del General Pinochet- que pertenecen a células terroristas, de mirada torva y traicionera. O bien colabora con organizaciones de tendencia socialista que responden a órdenes en Cuba y Moscú. A su vez esgrime ideas liberales como el sexo sin amor y la inexistencia de la vida después de la muerte. En una escena, Jessie asiste a un mitin político en una humilde población en donde se despliega todo el aparataje folclórico de protesta de la izquierda de los 1980’s, que el autor detalla con bastante precisión. En otra, la acción se desenvuelve en las esferas del poder como una recepción a un ministro de economía. El autor, no sé si deliberadamente, nos da un fresco de época con pinceladas someras, experimento que desarrollaría más a fondo en su novela coral, no fantástica, La Corriente Sumergida (1993).
Aunque las últimas páginas se decanten en una discusión con moralina, con la religión cristiana como apoyo, nunca estamos seguros que el autor se defina por un conjunto de valores. Y de esta ambigüedad surge un sorprendente puntal de la novela que es el vigoroso tono erótico de muchas escenas que describen los escarceos sexuales de Eduardo y las distintas encarnaciones de Lilith. Aunque se detiene justo allí donde debieran, como si el mismo Eduardo las hubiera escrito, no estoy seguro que Correa haya imaginado estas secuencias con una venda sobre los ojos. La autocensura, quizás por la creencia que el acento sexual de la novela pudiese dañar las expectativas de la novela, le restó un punto a favor.
En el apartado literario, Hugo Correa elige un lenguaje muy coloquial que entorpece la lectura. Es su estilo bastante marcado, con mucha influencia de la novela costumbrista chilena, de la que incluso toma temáticas. Esto lo vemos en libros como El que merodea en la lluvia (1962), relato sobre un incognoscible visitante extraterrestre que cae en el campo chileno, junto a una sonda soviética. En ésta, y en la novela que nos atañe, la tradición chilena se apodera del lenguaje para mal del lector, que ve cómo muchas frases suenan a rancio. Por otro lado, uno de los puntales de su narración, la marca de Marcel Proust (su gran referente según propias palabras del autor) se instala en el ritmo del libro, demostrando un ritmo pausado y sin mayores estridencias, con predominancia en la descripción de personajes y sus motivaciones. Eduardo es un hombre contemplativo en el que el pasado y el presente tienen una línea divisoria difusa, siempre rescribiéndose e influenciando la acción. Hacia el final, como es típico en la obra de Correa, el autor remata el libro con las preguntas principales en suspenso. No se resuelve el nudo narrativo sino que se nos escatima para darle una continuidad más allá del fin de las páginas. Este recurso lo vemos repetido en obras como Los Altísimos y Alguien Mora en el Viento, en donde sí funcionan, pero aquí conforma un final débil, y por lo mismo anticlimático.
Hugo Correa ha dejado un cuerpo de ficción amplio y macizo en el género fantástico en Chile. Aún cuando no se esté de acuerdo en la forma y el contenido es inevitable soslayarlo y no caer en la tentación de establecer un antes y un después de él. En el presente, sin que estos lo reconozcan, se puede encontrar mucho de su literatura en la obra de los jóvenes escritores chilenos Pablo Castro y Jorge Baradit. En Castro, la psicología del personaje principal estructura el relato, así como una voz introspectiva y urbana con poca inclinación a la acción. Mientras que lo telúrico y la búsqueda de la identidad recorren la novela Ygdrasil (2005) de cabo a rabo, en donde lo nativo emerge desde el extremo sur y norte.
En resumen, aún siendo un libro menor en su bibliografía, con deficiencias de lenguaje y estructura, ojear Donde acecha la Serpiente es leer la obra consolidada de Hugo Correa, con la mayoría de las temáticas que le atañen, y su estilo narrativo. Un libro con altibajos que se deja leer bien y dedicado a “todos los que temen al demonio”, según su frase de inicio. También añadiría a los que temen caer en sus tentaciones.
CC 2006, Luis Saavedra
Liberado bajo licencia CC. This work is licensed under the Creative Commons Attribution-NoDerivs License. To view a copy of this license, visit http://creativecommons.org/licenses/by-nd/2.0/ or send a letter to Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.













Cargando

