Hugo Correa: Escritor de los infiernos personales Comentario sobre la novela “Donde acecha la Serpiente”

Por Luis Saavedra V. | Publicado el 15 de Agosto del 2006 | ~

La religión es otro gran articulador. Está presente en sus múltiples formas, incluso en las definiciones demoníacas. Cruzando toda la obra de Hugo Correa el misterio religioso se impone a los personajes y escenas, mediante el reconocimiento de niveles sobrehumanos y la imposibilidad de huir de su influencia. El más claro ejemplo es la fallida Los Ojos del Diablo (1972), en donde Correa toma toda la tradición del animismo del campo chileno para armar un comentario sobre la superstición y cómo se expande en las comunidades aisladas. En Donde acecha la Serpiente, Eduardo es un hombre con una fe adormecida por la rutina, que luego es puesta en tela de juicio con la más variada oferta de tentaciones carnales, lo que da pábulo al autor para demostrar su erudición en temas religiosos. Los símbolos aparecen en cada página del libro, lo que es un plus, otorgándole parte de su fuerza y encanto. Desde el macho cabrío, imagen inequívoca del Demonio, montándose a las súcubos, hasta la manifestación natural de los ángeles guardianes, asistimos a una definición del cristianismo en un estado puro, primitivo, que se remonta hasta antes de la llegada de Cristo, en una lucha contra el mal que se extenderá hasta después de que lo humano pierda su sentido.

También hay un claro comentario social y político, que bien puede verse como una declaración del escritor y también parte de la definición del personaje principal. El entorno de Eduardo corresponde a un estrato social de orientación derechista, si bien no onerosa tampoco popular, que nació en sectores del Gran Santiago como Ñuñoa, en los 1950’s. Perteneciente a esta clase media fuertemente católica y conservadora, trabajadora y arribista, la familia de Eduardo no tiene buena fortuna yendo y viniendo de sectores a los que se considera como modestos y pasajeros: una quinta en Macul, por ejemplo. Ya crecido, Eduardo elige seguir la misma vida reprimida y gris de su padre, con pocas alturas y mucho de remordimiento, moviéndose en un ambiente en donde la religión, la rutina y la esperanza de un mejor futuro económico reafirman su vida, en las calles bulliciosas de Providencia. En las antípodas, la mujer que encarna el mal se entremezcla en continuas tramas con subversivos de izquierda -no olvidemos que la novela está escrita en 1988, durante el régimen militar del General Pinochet- que pertenecen a células terroristas, de mirada torva y traicionera. O bien colabora con organizaciones de tendencia socialista que responden a órdenes en Cuba y Moscú. A su vez esgrime ideas liberales como el sexo sin amor y la inexistencia de la vida después de la muerte. En una escena, Jessie asiste a un mitin político en una humilde población en donde se despliega todo el aparataje folclórico de protesta de la izquierda de los 1980’s, que el autor detalla con bastante precisión. En otra, la acción se desenvuelve en las esferas del poder como una recepción a un ministro de economía. El autor, no sé si deliberadamente, nos da un fresco de época con pinceladas someras, experimento que desarrollaría más a fondo en su novela coral, no fantástica, La Corriente Sumergida (1993).

Aunque las últimas páginas se decanten en una discusión con moralina, con la religión cristiana como apoyo, nunca estamos seguros que el autor se defina por un conjunto de valores. Y de esta ambigüedad surge un sorprendente puntal de la novela que es el vigoroso tono erótico de muchas escenas que describen los escarceos sexuales de Eduardo y las distintas encarnaciones de Lilith. Aunque se detiene justo allí donde debieran, como si el mismo Eduardo las hubiera escrito, no estoy seguro que Correa haya imaginado estas secuencias con una venda sobre los ojos. La autocensura, quizás por la creencia que el acento sexual de la novela pudiese dañar las expectativas de la novela, le restó un punto a favor.

En el apartado literario, Hugo Correa elige un lenguaje muy coloquial que entorpece la lectura. Es su estilo bastante marcado, con mucha influencia de la novela costumbrista chilena, de la que incluso toma temáticas. Esto lo vemos en libros como El que merodea en la lluvia (1962), relato sobre un incognoscible visitante extraterrestre que cae en el campo chileno, junto a una sonda soviética. En ésta, y en la novela que nos atañe, la tradición chilena se apodera del lenguaje para mal del lector, que ve cómo muchas frases suenan a rancio. Por otro lado, uno de los puntales de su narración, la marca de Marcel Proust (su gran referente según propias palabras del autor) se instala en el ritmo del libro, demostrando un ritmo pausado y sin mayores estridencias, con predominancia en la descripción de personajes y sus motivaciones. Eduardo es un hombre contemplativo en el que el pasado y el presente tienen una línea divisoria difusa, siempre rescribiéndose e influenciando la acción. Hacia el final, como es típico en la obra de Correa, el autor remata el libro con las preguntas principales en suspenso. No se resuelve el nudo narrativo sino que se nos escatima para darle una continuidad más allá del fin de las páginas. Este recurso lo vemos repetido en obras como Los Altísimos y Alguien Mora en el Viento, en donde sí funcionan, pero aquí conforma un final débil, y por lo mismo anticlimático.

Hugo Correa ha dejado un cuerpo de ficción amplio y macizo en el género fantástico en Chile. Aún cuando no se esté de acuerdo en la forma y el contenido es inevitable soslayarlo y no caer en la tentación de establecer un antes y un después de él. En el presente, sin que estos lo reconozcan, se puede encontrar mucho de su literatura en la obra de los jóvenes escritores chilenos Pablo Castro y Jorge Baradit. En Castro, la psicología del personaje principal estructura el relato, así como una voz introspectiva y urbana con poca inclinación a la acción. Mientras que lo telúrico y la búsqueda de la identidad recorren la novela Ygdrasil (2005) de cabo a rabo, en donde lo nativo emerge desde el extremo sur y norte.

En resumen, aún siendo un libro menor en su bibliografía, con deficiencias de lenguaje y estructura, ojear Donde acecha la Serpiente es leer la obra consolidada de Hugo Correa, con la mayoría de las temáticas que le atañen, y su estilo narrativo. Un libro con altibajos que se deja leer bien y dedicado a “todos los que temen al demonio”, según su frase de inicio. También añadiría a los que temen caer en sus tentaciones.

CC 2006, Luis Saavedra
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